La verdad es que no me puedo quejar... Cada cierto tiempo me escapo y me doy un garbeo por ahí, me monto un puente y en unas horas me planto en la otra punta del mundo. Ha sido un viaje contrarreloj, pero con un coche, varios conductores y durmiendo sólo un poquito se pueden ver bastantes cosas. El viaje arrancó en Las Vegas.

La ciudad del pecado impresiona, aunque sea una bilbainada, al menos eso es lo que dijo un amigo del Botxo que venía conmigo. Neón, juego, alcohol y mucho desfase, infinidad de espectáculos, casinos que su fachada e interior son la réplica de ciudades como París, Venecia o Nueva York... Vamos, diversión a la carta. De allí me lancé hacia la Ruta 66, “the Mother Road”, una carretera cargada de una imaginería que nos vuelve locos a todos los que amamos el rock.

Puede parecer una perogrullada (¡en realidad lo es!), pero Estados Unidos es un país enorme, con una naturaleza realmente bella y la magnitud y aspecto de sus parques naturales realmente apabulla. El Gran Cañón es impresionante, gigantesco, y merece la pena patear un rato para empequeñecer imaginando los millones de años que el río Colorado ha necesitado para socavar el orgullo de Arizona. Pero me impactó mucho más el Monument Valley, un paraje que hemos visto mil veces en las películas de John Ford, pero que no se valora en su justa medida hasta que estás en él.

Otro cañón impresionante, aunque mucho menos conocido, es el Bryce, en el estado de Utah. Su belleza es incomparable y alguien dijo que le recordaba a la Sagrada Familia de Gaudí. Fueron cuatro horas inolvidables paseando entre esas despampanantes formaciones rocosas teñidas de rojo.

Y, para terminar, el Death Valley, un sitio súper acogedor, como bien podéis imaginar por su nombre. Sudé la gota gorda, pero mereció la pena recorrerlo (en coche) para disfrutar de ese desértico paraje que parece la paleta de un pintor.

Un viaje bien aprovechado... ¿O no?
J.F. "Easy Rider" León